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1er diálogo: qué es teatro2º diálogo: Elche3er diálogo: don Quijote en Montreal4º diálogo: innumerables dramaturgos5º diálogo: Benavente al fondo6º diálogo: de Juan del Encina7º diálogo: Cervantes-Ottawa8º diálogo: En memoria de Félix Carrasco9º diálogo: Sobre Ubu rey10º diálogo: Sobre La Aldehuela



Quinto diálogo, con don Jacinto Benavente al fondo

Enero de 1999





Vaya este quinto de la serie por don Primitivo Fernández, fiel lector de estas páginas y especialmente de estos diálogos, ante cuyas instancias no podemos más que continuarlos.



ALFREDO HERMENEGILDO.- Pues no está nada mal este texto de don Jacinto Benavente que he encontrado haciendo limpieza en la biblioteca, oye. Léelo despacio porque Benavente no supo muchas veces a qué carta quedarse con el público y con sus propios personajes, pero sabía leer teatro, sabía verlo sobre todo. Ahí va eso, que le paso a don Jacinto la voz y la palabra.





JACINTO BENAVENTE.- «Entonces mal podía yo comprender la grandeza de La vida es sueño; no obstante, honda impresión debió dejarme porque no he olvidado nunca aquella representación [se refiere Benavente a la que tuvo lugar en el teatro Español, con Rafael Calvo y Elena Boldún] de una obra que yo considero, por su concepción y su pensamiento, muy superior a todas las de Shakespeare. Nuestros autores del Siglo de Oro pueden muy bien enfrentarse con Shakespeare, y como los antiguos nobles aragoneses, al prestar al rey juramento, pudieran también decirle: "Nos, que cada uno somos tanto como vos y todos juntos más que vos..." Porque en lo trágico hay obras de nuestros autores que en nada desmerecen de las grandes tragedias de Shakespeare, y en lo cómico no llegó nunca el autor inglés a la riqueza de invención, a la gracia, a la finura de nuestros autores. Nada digamos del teatro clásico francés, en comparación con el nuestro. Cualquiera otra nación estaría orgullosa de tales autores y sus obras se representarían con mayor frecuencia. Pueblo que no tiene en la más alta estimación a sus escritores y sus artistas merece ser barrido del mundo civilizado. Nuestra desdichada nación se ha hecho justicia; ella misma se ha encargado del barrido, con escoba más sucia que la basura misma.

»Yo, por mi parte, a nuestro Lope de Vega lo considero muy superior a Shakespeare, a Corneille, Racine y no digamos Molière, y no quiero pensar a dónde se hubiera elevado su gloria y su nombre si cualquiera otra nación hubiera tenido un Lope de Vega. Pues junto a él teníamos además a Tirso, Calderón, Rojas, Alarcón y a otros en algunas obras iguales o superiores a todos estos. Pues bien, entonces ya se hablaba, con otro nombre, de crisis teatral. Lo que indica que el teatro puede haber cambiado, pero la tontería al hablar del teatro es de todos los tiempos.»

("Memorias", Obras completas. Madrid: Aguilar, 1958, vol. XI, pp. 608-609)



RICARDO SERRANO.- Hombre, no se ponga usted así, don Jacinto, que nosotros andamos hasta el cuello en esa tontería, que no lo es tanto, de comprender el teatro. Pero para crisis teatral, don Jacinto, la de su época y hasta la de su propia obra, perdida entre realismos, modernismos y ruralismos. Sólo cuando buscó usted las raíces de la comedia áurea —en Los intereses creados—, lo hizo usted bien, usted me perdonará si soy demasiado franco. Pero también le digo una cosa, don Jacinto, que la mala prensa general de que goza usted hoy —a pesar de su Premio Nobel— es perfectamente injusta. Seguramente, sin usted, ni Valle ni Lorca hubieran sido posibles en la escena de preguerra.



JACINTO BENAVENTE.- Permítame, jovencito que le tome prestada su voz para decirle que me parece usted un tanto petulante, ahí instalado en su tiempo virtual. Pero el dedo en la llaga lo ha puesto usted efectivamente: en ese difícil paso del siglo XIX al XX, dificilísimo para el teatro como arte directo y de choque que ha sido siempre, fuimos muchos los que intentamos soñar una modernidad y los que volvimos a las raíces. Ahí está primero don Juan Eugenio Hartzenbusch (1806-1880), cuya labor de edición del teatro áureo representa un verdadero puente. Ahí está después don Marcelino Menéndez Pelayo, que continuó esa labor ingente con un olfato teatral difícilmente igualable. Vaya usted a la Biblioteca Nacional, a la Sala de Raros, y puede que vea todavía en la cubierta de alguna suelta que lo merezca la mención "Buena", escrita a lápiz por la inconfundible mano de don Marcelino. Luego vino el torrente de Valle, el de Lorca con La Barraca, el de Alberti, etc... ¿Me sigue usted, jovencito? No se piense que ustedes con sus molinillos volantes de textos están descubriendo la rueda del teatro. ¡Qué va, hombre!



ALFREDO HERMENEGILDO.- Con la venia, don Jacinto. Invoca usted unos nombres sobre los que sería necesario volver un poco más en serio de lo que se ha acostumbrado. Hartzenbusch cometió la torpeza de enterrar sus ediciones en ese monumento funerario de las letras peninsulares que es la Biblioteca de Autores Españoles. Panteón, en el sentido más fúnebre del término, pero necesario panteón donde aún hay que acercarse para leer muchas obras de difícil acceso, por mala que sea la edición. Pero hay que recordar que don Eugenio creó una serie de obras, muy dentro de la línea romántica, que dejan una estela imborrable. ¿Quién se ha dedicado a analizar este teatro? ¿Cuántos estudios se han hecho sobre su creación dramática y, en general, sobre el teatro romántico, malamente llamado "histórico"?



JACINTO BENAVENTE.- (Aparte: Estos molinillos sí que son un invento teatral. ¿De dónde sale este ahora, con pintas de capitán Virués y deje de Burgos?) Mire usted lo que son las cosas. Esa falta que usted señala la he vivido yo, que, aunque tuve las preocupaciones estéticas propias de mi generación, siempre volví los ojos hacia ese teatro romántico sin el que no se explica lo que llegó después.




ALFREDO HERMENEGILDO.- Es cierto, maestro. Pero los estudiosos del teatro romántico, haciendo las necesarias y casi inexistentes salvedades, sólo se han acercado a esta etapa de la historia cultural española para desentrañar lo que de construcción literaria hay en sus textos. Quizás la única excepción, como autor objeto de estudio, sea la de don José Zorrilla. Han analizado el teatro romántico con la misma habilidad, la misma erudición y los mismos instrumentos críticos que se utilizan para trabajar sobre narrativa, lírica, etc...



JACINTO BENAVENTE.- JACINTO BENAVENTE.- Sí, señor. Tiene usted toda la razón. (Aparte a Ricardo Serrano) Pero oiga usted, pollo, ¿de dónde sale este ciudadano tan entendido que se nos ha colado de rondón aquí en la línea esta de marras?






RICARDO SERRANO.- No se preocupe usted, don Jacinto, que es de la casa: empezó con lo de la Tragedia de San Hermenegildo y luego se dedicó a poner los papelorios del XVI patas arriba —que también es una afición, oiga— hasta que dejó bien clarito que ese siglo no fue ni mucho menos un páramo teatrero y, que si Virués para arriba, que si Diego de Ávila para abajo, no ha dejado al personal tranquilo, ni al del XVI ni al del XX, hasta que al final el mensaje ha terminado pasando.



JACINTO BENAVENTE.- (Todavía en aparte a Ricardo Serrano) ¡Ah! Es que no me gusta hablar con desconocidos. (En voz alta ya, a Alfredo Hermenegildo) Usted perdone. Volvamos a nuestro tema. ¿Por qué al teatro romántico, que fue una verdadera fuerza innovadora en lo que a muchos aspectos del representación se refiere, no se le estudia como se hace ahora con los clásicos del Renacimiento y del Barroco españoles?




ALFREDO HERMENEGILDO.- En efecto, la manera de hacer teatro, de presentar el teatro, de recibir el teatro fue algo nuevo y sorprendente en la España acostumbrada a Leandro Fernández de Moratín, a Bretón de los Herrero y a Martínez de la Rosa, a quien por cierto habría que desempolvar convenientemente. Piensen ustedes en el Duque de Rivas y en García Gutiérrez. Pocas veces, en la historia del teatro español, ha habido una conmoción semejante a la que produjeron Don Álvaro o la fuerza del sino o El trovador. Allí se amasaron muchas de las costumbres del público todavía vigentes en la práctica actual. Hartzenbusch no anda lejos de esa "movida". Porque eso fue el teatro romántico, una movida que, desgraciadamente, quedó marginada por los ejercicios dramáticos posteriores, más dados al experimento con minorías que a la creación de un gran teatro abierto a un público equiparable al de los antiguos corrales. ¡Qué duda cabe de la importancia del esfuerzo renovador de los dramaturgos del 98, Unamuno, Azorín, etc... o de los que se enzarzaron por veredas de dudosa eficacia en lo que al contacto con el gran público se refiere. ¿No les parece que Jacinto Grau fue uno de esos "enzarzados"? Claro que por ahí aparece enseguida Valle Inclán y crea el revuelo que sabemos.



RICARDO SERRANO.- Mucho revuelo, mucho revuelo. Pero maldita la resonancia que su teatro tuvo entre el gran público en su época. Valle Inclán triunfa después de muerto y se convierte en el autor dramático español más moderno cuando ya llevaba varias décadas con el muñon sumergido en la eternidad.





JACINTO BENAVENTE.- Muy bonita la imagen del muñón. ¡Pero qué mala leche tenía el buen hombre! Me acuerdo de un estreno en que estuve con él, debió de ser por el veintipico, sí, y el joven Lorca estaba también, postinero y brillante con el pelo lleno de gomina... El caso es que don Ramón María se pasó el rato maldiciendo contra un crítico atravesado que no gustaba de los espejos cóncavos ni de lo estrafalario del galleguiño, que lo era, madre mía, con esas barbas de chamán... Pero supo dar en el clavo, supo dar. Aquel Max Estrella... Por aquellos años Menéndez Pelayo se había convertido ya para su desgracia en el erudito nacional y andaba metido con los autos de Calderón.



RICARDO SERRANO.- Nunca se vio a nadie que supiera más de un tema y que dijera más bobadas sobre el mismo. Menéndez Pelayo resume en su persona como nadie la tragedia de España en esos años. ¿Desde la barrera? No, no exageremos. Menéndez Pelayo fue un hombre valiente y de corazón. ¿Quién no hubiera reaccionado como él en su juventud, allá por los finales del XIX, ante la acusación de que España era un país de mentecatos incapaces de producir ciencia? Ese debate sobre la "ciencia española" galvaniza la vida política española entre los años 1876 y 1888. ¿Por qué cobran la ciencia y el quehacer intelectual esa importancia? ¿Cuál es el significado sociológico y político de la problemática? ¿De qué ciencia, de qué ciencias se habla? ¿Por qué el matiz nacional? Al grano, ¿nos quedamos hoy con el Menéndez Pelayo heterodoxo (que lo fue) o con el nacional (que lo hicieron)?

Así recuerda Menéndez Pelayo la discusión: "... contesté; replicaron; torné a contestar; respondieron, tomándose un año de tiempo para la respuesta; volví a la carga con un fárrago escrito deprisa en una posada veneciana...". Y muy cerca de allí, "Unos me dijeron soñador; otros neo[cristiano]...".

Un frágil estado, triangulado por tiraiaflojas entre liberales, conservadores... e integristas —para llamar hoy a las cosas por su nombre— modela la educación y la cultura oficiales desde la Ley Moyano de 1857 y el telón de fondo del Concordato con la Santa Sede de 1851. Surgen poco después, en los años 1864 y 65, las primeras "cuestiones universitarias". En el teatro, la alta comedia entra con fuerza en esos mismos años (Un drama nuevo de Manuel Tamayo y Baus es de 1867) y barre el teatro romántico.



ALFREDO HERMENEGILDO.- Pues sí. No lo sé con seguridad —la verdad es que con seguridad yo no sé nada, es lo único que me ha enseñado la universidad en mis largos años de ejercicio docente: ¡buscar respuestas para no encontrar más que preguntas!—. Sobre Menéndez Pelayo, mejor es descorrer poco a poco el velo político que ha cubierto su figura por culpa, a ciencia cierta, de quienes hicieron de él una bandera ideológica desde «una de las dos Españas ha de helarte el corazón». La réplica fue contundente. Los que no se cobijaban bajo dicho estandarte dejaron a don Marcelino desprovito de toda credibilidad. Los que nadaban en la misma pila de agua bendita que él, hicieron con el gran escritor el monstruo sagrado que todo lo conocía. Creo que sus estudios sobre teatro clásico —bueno, mejor sería hablar de textos dramáticos clásicos, porque sobre la teatralización poco contó don Marcelino— necesitan una revisión adecuada. Hay que buscar en sus obras muchos de los datos eruditos que necesitamos, aunque también hay que decir que algunas de sus categóricas afirmaciones quedan muy lejos de lo que puede identificarse con la verdad. Y una afirmación se me viene ahora a la punta de la lengua. Una de las causas por las que a Menéndez Pelayo se le tiene la proa puesta es por haber sido parte de la España más conservadora. Esa misma España conservadora ocultó también bajo tupido velo la dimensión humana del estudioso: más o menos al mismo tiempo en que la hermana de Nietzsche se dedicaba a amputar y falsificar la obra y las cartas del filósofo, que quedaban así al dudoso servicio del nazismo, otra mano caritativa destruía o censuraba alguna carta de Menéndez Pelayo a Juan Valera rememorando juergas y amores.



JACINTO BENAVENTE.- Hombre, no se me metan ustedes ahora con la vida privada de estos señores. ¿Pero les parece que sigamos otro día repasando los ambientes teatreros románticos y realistas, y hasta los noventayochistas, por qué no?






ALFREDO HERMENEGILDO.- Prometido, maestro. Y que usted siga bien, que le prometo que, después de esta conversación, vamos a mirar su teatro con un ojo más feliz.







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30 de mayo de 2006









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