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Teatro de los
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1er diálogo: qué es teatro 2º diálogo: Elche 3er diálogo: don Quijote en Montreal 4º diálogo: innumerables dramaturgos 5º diálogo: Benavente al fondo 6º diálogo: de Juan del Encina 7º diálogo: Cervantes-Ottawa 8º diálogo: En memoria de Félix Carrasco 9º diálogo: Sobre Ubu rey 10º diálogo: Sobre La Aldehuela Tercer diálogo, donde se habla de la increíble y nunca oída historia de la nueva salida que hizo don Quijote en MontrealMayo de 1998 ALFREDO HERMENEGILDO.- Don Quijote cabalga de nuevo, así, como lo oyes. Don Quijote vuelve a cabalgar, por Montreal esta vez. No sé si has tenido ocasión de venir a ver la obra que el Théâtre du Nouveau Monde ha puesto en escena. En 1997 y su continuación, 1998 Montreal ha sido un lugar de convocatoria en que se han producido diversas manifestaciones cervantinas de envergadura variable, pero de indudable interés. No te voy a ponderar el espléndido Coloquio sobre "Cervantes metteur en scène de la société de son temps" que tuvo lugar en la Universidad de Montreal a finales de octubre de 1997. Tú participaste en él con el brío que te caracteriza. Pero sí quiero poner de relieve que, dentro de toda esa inolvidable y espléndida "movida" cervantina, la aparición de Don Quijote y Sancho en el tablado del TNM es un acontecimiento de importancia.
El público aplaudió, no solo con su habitual y correctísima buena acogida, sino con placer y con generosidad. En este caso no se trataba de cualquier espectáculo. La obra merecía, esa es mi opinión, los aplausos que recibió y muchos más.
RICARDO SERRANO.- Pues fíjate lo que son las cosas, Alfredo. Al terminar en Montreal, don Quijote y Sancho y toda la troupe de TNM se fueron a desfacer entuertos por el Quebec medio profundo y pasaron entre otros sitios por Trois-Rivières. La reacción del público de aquí no te la puedes ni imaginar. Edgar Fruitier, el cura, miraba al final a sus compañeros como diciéndoles ¿qué pasa aquí?, ¿se han vuelto locos?, ¿tenemos que empezar otra vez?, porque los aplausos no cejaban y los saludos estudiados hacía rato que se habían acabado.
ALFREDO HERMENEGILDO.- Pues me alegro de que lo hayas visto. Con tu connivencia, voy a comentar algunos planteamientos y ciertas escenas que necesitan entrar en la antología teatral quijotesca. El simpar caballero y su "fiel" acompañante cabalgan otra vez, pero ahora lo hacen a lomos de una guitarra Don Quijote y de un banjo Sancho. La idea, muy original, tiene la doble virtud de evitar la presencia en escena de arriesgadas y difíciles figuraciones de Rocinante y el rucio, y de sugerir esa música que alienta allá en los pliegues íntimos del inmortal manchego y, andado el tiempo, de su escudero. La música ocupa un lugar fundamental en la pieza. Un pequeño conjunto, situado en el fondo de la escena, colabora estrechamente en la ambientación de la pieza. Y la figura de la violinista, más integrada en la diégesis misma que el resto de sus compañeros músicos, es una espléndida figuración de una etérea y nunca suficientemente imaginada Dulcinea. Las locuras de Don Quijote y también las de Sancho viven en un mundo en que se surperponen el sentido del deber caballeresco y el ensueño hecho realidad en las notas musicales de la orquesta, llevadas a primer plano por la violinista/Dulcinea, y por los dos instrumentos músicos que sirven a los héroes para moverse por el difícil mundo de la realidad. Toda una empresa.
En todo caso, no quiero dejarme en el tintero una reflexión que siempre me hago cuando contemplo la escenificación de cualquier texto que no fue concebido como obra dramática. Es el caso presente. ¿Por qué elegir un texto no dramatizado cuando hay tantos que ya han sido construidos con la escena como fondo de su escritura? Claro que ya Guillén de Castro hizo lo mismo con la novela cervantina. Y no fue ejemplo único. Pero me pregunto por qué, si siempre queda pendiente de un hilo, cual espada de Damocles, la sospecha de que aquello que vivimos en la escena "no es lo mismo" que lo que leímos en la novela. Otro tanto ocurre con la transformación en material cinematográfico de ciertas narraciones, cuentos, etc... ¿Es que los directores de teatro no encuentran textos dramáticos capaces de mostrar los problemas, las locuras, las tensiones, los dolores y alegrías del mundo nuestro, el de hoy? Ahora que la obra está ya fuera de cartel en el local madre del TNM espero, de todas formas, que continúe largamente esa gira en que tú la viste, me encuentro más a gusto para decirte mi opinión sobre ella. Ni puede sospecharse en mis palabras un relente publicitario, ni motiva esta nota ninguna intención agresiva contra ella. Pero no debo pasar por alto algo que me inquieta desde hace años en la escena montrealesa. Estoy seguro de que recuerdas y cuentas, casi con los dedos de las dos manos, el número de textos hispanos que han salido a las tablas de esta ciudad. Mejor diré textos españoles, porque las producciones hispanoamericanas son radicalmente ignoradas. Me refiero, claro está, a los teatros comerciales. El alcalde de Zalamea, La vida es sueño, Yerma, Bodas de sangre, este Don Quijote de la Mancha, y alguna más. Te sobran dedos para contarlas. Pero sea cual fuere la obra elegida, es frecuente caer en el mismo vicio, tropezar con la misma piedra, salir por las mismas peteneras propias del desconocimiento de la realidad cultural española. Me explico. Y me gustaría conocer tu reacción. En el Quijote que comento, y que comento en tono muy elogioso, quede claro, sus creadores no parecen poder prescindir de la inevitable españolada. Hay que dar color local, sacar a escena esa España inexistente y falsa. Un personaje bufón, en la corte de los duques, dice unas cosas extrañas el lenguaje de la locura del carnaval, supongo en que se introduce una curiosa lengua española con la invocación de la Cucaracha. La Cucaracha mexicana, la soldadera de los ejércitos revolucionarios. Dime tú que hace ese asunto en la corte de los Duques cuando va a intervenir Don Quijote. En la venta de la Maritornes, puta si las hay, pero mujer llena de esa honda sabiduría popular que circula por las tradiciones españolas, se permite el director de escena salir al ruedo con unos pasos de baile aflamencados falsamente flamencos que dejan al público satisfecho y tranquilo porque ya ha visto la realidad de España. Ha situado la obra en la "España eterna", la de los toros y el cante jondo, la del flamenco y el desgarro, la de las batas de cola y la del carácter vehemente de sus hombres listos a tirar de navaja a la menor de cambio. O sea. Y no te exagero nada. Cuando el teatro del Rideau Vert puso en escena hace unos años esa espléndida tragedia lorquiana titulada Yerma, el crítico teatral del diario La Presse se permitió el lujo, inculto lujo, de afirmar, con palabras que no cito textualmente, que Yerma era un buen ejemplo de lo que los españoles tienen como deporte nacional. Es decir, de la muerte. Mi querido Ricardo. La muerte es el deporte nacional de todos los pueblos. Si es que morirse es un deporte y no una liturgia inevitable. Pero definir a España así no puede ser más que el producto de una torpísima capacidad de escribir para no decir nada, porque no se tiene nada sensato que decir. Y en ese caso mejor es callarse... y esperar la muerte.
Muchas veces, en nuestros encuentros científicos, hemos oído a nuestros colegas teatreros reivindicar la presencia del teatro clásico español en los foros internacionales. De esto tendremos que hablar en otro momento. Esa necesidad va más allá de lo estrictamente teatral. España es una ilustre desconocida en el mundo. O mejor, una ilustre mal conocida. Claro, que una buena parte de la culpa la tienen los españoles mismos. La publicidad oficial el "Spain is different" de la época fraguiana es una buena muestra ha remachado hasta el límite el clavo inventado por los Merimée, Bizet y demás comparsas de un pintoresco conjunto de intelectuales "enamorados de España". Aquí sí que voy a cerrar diciendo que hay amores que matan.
RICARDO SERRANO.- Lo sublime está revuelto con lo impresentable en este espectáculo como tú dices muy bien, Alfredo. Lo segundo se puede comprender, se puede dejar en un paréntesis de discreto olvido, pero es mejor decirlo claramente, decírselo también a Benoit, a Mouawad, a Champagne, a Chouinard, a Girard, a todos los otros... Porque quizá lo que ha ocurrido es que han tenido miedo de hacer algo demasiado bueno y han metido la españolada para tapar. Y tapar, tapa lo suyo la españolada pseudoflamenca esa que se han montado.
Pero seamos pedagogos, Alfredo. Digamos las cosas. En una de esas, alguien nos lee... Y sepamos ver a don Quijote, al único, al verdadero, detrás de todos los chafarrinones. No atreverse a dejar los compromisos en el bolsillo del abrigo de invierno es un poco triste cuando se es don Quijote porque, claro, empieza uno a nadar entonces en un extraño mar de contradicciones... Y el caso es que Chouinard-Quijote y Girard-Sancho están, son, hablan y suena eso a ley... ...
... ...Convendría contarles a todos, nada doctoralmente de ellos hay mucho que aprender, que el teatro áureo lo hacían esforzados representantes y que su trabajo no sólo les permitía comer mal que bien, sino también financiar en gran medida los hospitales de entonces. Moraleja: cuando el arte empieza a dejar de correr riesgos, cuando piensa más en protegerse las espaldas que en realizar lo que vale la pena de ser hecho, el arte, el verdadero, el enraizado, huye como un globo hinchado y sin atar. 1er diálogo: qué es teatro 2º diálogo: Elche 3er diálogo: don Quijote en Montreal 4º diálogo: innumerables dramaturgos 5º diálogo: Benavente al fondo 6º diálogo: de Juan del Encina 7º diálogo: Cervantes-Ottawa 8º diálogo: En memoria de Félix Carrasco 9º diálogo: Sobre Ubu rey 10º diálogo: Sobre La Aldehuela |
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